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Las clarias, El Goyo y una boda en Nazareno

10/04/2021 20:50 Héctor Miranda 275
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Claria. Foto: Internet
Claria. Foto: Internet
La claria es a la fauna cubana lo que el marabú a la flora. Una especie invasora, traída de Tailandia, creo, con la intención de resolver un problema de alimentación, y que terminó por convertir en su alimento a todas las especies que se encontró en su camino. En boca de las clarias (o los clarias, porque dicen que el nombre va en masculino) han desaparecido, poco a poco, biajacas, truchas, manguaríes, jicoteas, gallinuelas, patos y hasta los cocodrilos de la ciénaga.

A una represa que hizo mi viejo en las tierras de la familia llegaron un día y acabaron con todos los animales que allí vivían. Con su presencia se perdieron las tilapias y nunca más se escucho cantar a un rana toro. Hasta las ranas que habitaban en la ribera, debajo de las piedras, se perdieron poco a poco. Y las jicoteas, que a veces se veían por docenas encima de un pedrusco en el medio de la laguna, se esfumaron para siempre.

En los campos es normal que algún majá sorprenda a alguna gallina de noche y se la coma. O vaya un hurón por los pollitos pequeños, o por nidos de huevos. En esos casos, el cacareo del corral despierta a todos, desde los perros hasta los dueños, que machete en mano salen a buscar al intruso e intentar salvar la vida de sus aves.
 
En casa de mis padres todo era tranquilidad de noche. Si acaso solo se escuchaba el ladrido lejano de un perro, el canto de una lechuza al pasar, o el mugido de una vaca, además de los gallos, cuyo canto marca el tiempo en los campos cual si fueran campanadas.
 
Una de esas noches de calma total, hace unos 10 años, las aves armaron una algarabía tremenda y mi papá agarró un machete y una linterna y me llamó para que lo acompañara a ajustarle cuentas al intruso, que presuntamente era un majá. Pero caminamos por el lado de la cerca de piña, alrededor de los polleros, revisamos dentro de un barril inmenso donde otrora se guardaba miel de purga y nada. El alboroto desapareció como por arte de magia y las aves volvieron a su sueño. Hasta la mañana siguiente.
 
Al salir el sol, mi viejo dio un recorrido por los alrededores a ver si encontraba algún rastro que le diera claridad sobre el episodio de la madrugada anterior. Y lo encontró: sobre las tranquilas aguas del pequeño lago flotaba una guanaja. Las clarias solo le dejaron las plumas del lomo y las alas al animal, que al huir en la noche de un supuesto majá o de un hurón, cayó en las fauces de otros depredadores más violentos.
 
A esa misma laguna fue mi hermano a pescar un día. De carnada llevó cuatro ranas, porque las clarias tienen debilidad por los batracios. Enganchó uno de los anfibios en el anzuelo y dejó los otros tres a su lado. Unos segundos después de que el anzuelo cayera al agua ya tenía la primera claria, de unas tres libras. La rana no se había dañado mucho y optó por usarla de nuevo, en tanto lanzó la claria pescada cerca de las ranas.
 
Su pesquería no duró mucho más. Sacó otra claria y cuando fue a ponerla con la primera, se dio cuenta de que se había comido las ranas que estaban fuera.
 
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Nadie en San José de las Lajas sabía más historias que Goyo. Las había acumulado desde su infancia en Guantánamo, en sus peripecias en las montañas en busca de trabajo, que lo llevaban una y otra vez al Valle de Caujerí, a Imías o a Yateras, donde, según él, conquistó el corazón de la mujer más linda del pueblo.
 
Me encantaba escucharlo. Adornaba tanto las historias que uno podía pensar que no eran ciertas, pero entonces, cuando te veía con cara de incrédulo, apelaba a los nombres de siempre por aquello de la verosimilitud: "Cuando venga Juan El Mocho por acá te lo voy a presentar para que le preguntes". O aquello de que "un día iremos a casa de Boniato y le preguntas". Al final yo me reía con sus historias, alguna de las cuales me las aprendí de tanto escucharlas. Eso sí, las versiones eran idénticas y no les faltaba ni una coma.
 
La última esposa de Goyo hasta su muerte, la cuasi escultural Elaine, estaba invitada a una boda y quería que él la acompañara para presentarlo en sociedad. Era su última conquista y aunque él le llevaba más de 30 años, aquella tarde de domingo le demostraría a las primas que lo del viejo López no fue una casualidad. Tenía novio nuevo.
 
Pero el Goyo, que ya pasaba de los 60 y que tenía que buscar la comida de tres, que eran casi cuatro porque Laynor, el hijo de Elaine, comía por dos y medio, salió en la mañana a por unas clarias. Él sabía donde abundaban y cómo pescar media docena en un rato. Pero no era su día, el amigo que lo iba a llevar a Mampostón no pudo, y entonces hizo un viaje por escalas que se demoró más de lo normal para ir y regresar.
 
Cuando volvió ya pasaban las dos de la tarde y Elaine no cabía en la casa, porque creía que se iba a perder la boda. Por un momento, el viejo pescador pensó en limpiar la ensarta, pero finalmente optó por meterla debajo de una llave, lavarla un poco y guardarla en el refrigerador, donde solo había tres huevos, unas croquetas y un paquete de perros.
 
Goyo se bañó a la carrera, cabeza incluida, aunque ya estaba totalmente calvo, y en una hora estuvieron en la boda de la parienta, en Nazareno. Lo que aconteció allí no es importante, sino lo que ocurrió al regreso a casa.
 
Después de quitarse el traje color estiércol de mono con el que se presentó en las nupcias familiares, se puso un short y se dirigió hacia el refrigerador para sacar las clarias y limpiarlas. Su sorpresa fue mayúscula: allí estaba la media docena de peces, muertos ya de hipotermia, pero habían desaparecido los tres huevos, el plato de croquetas y el paquete de perros calientes.
 
Como una fiera El Goyo fue a interrogar a Laynor, que no había ido a la boda porque estaba para un juego de pelota con los amigos de la iglesia. A pesar de las presiones no logró sacarle una confesión y solo disipó las dudas cuando al abrir las clarias encontró en su interior los restos de los huevos, los perros calientes y las croquetas.
  • Editor RadioBaracoa

    Carlos, buenos días. Si hubiéramos considerado cuento este texto estaría aclarado en alguna parte de la publicación. Por supuesto que es difícil discernir si la narración tiene algo de imaginación del autor. Sí le puedo decir es que hay suficiente literatura para conocer sobre las características y el comportamiento de las clarias. Tenga un ejemplo: http://www.juventudrebelde.cu/cuba/2019-08-24/el-pez-de-las-siete-vidas

    2021-04-11 10:07:57
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  • Carlos González Castro

    Es un cuento o eso es verdad? No me creo que haya un pez así. Por favor aclarenme.

     
    2021-04-11 07:03:36
    Responder
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