Como estacazo en el cuerpo

26/12/2017 11:49 Richard López Castellanos richard@cmdx.icrt.cu 116
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Corral de puerco en un patio Foto: Archivo
Corral de puerco en un patio Foto: Archivo

Eleutelio fue a matar a Pancho y se repitió a sí mismo la frase que lo acompañó durante horas: “Te llegó la hora, compay”. Lo había decidido el día anterior, sin aparente contemplación ni miramiento. Aunque doliera, y al precio que fuese.

El animal se había salvado dos veces, primero por no tener el peso que su dueño quería, y luego cuando estuvo enfermo. Pero ahora estaba  sano, regresaba la Navidad y la situación no daba para más.

En casa rogaban porque aquello terminara. Habían visto aguantar mucho a Eleutelio a causa de aquel cerdo, al punto de que las tribulaciones con el animal eran comentadas en todo Capiro, lo mismo en tono juicioso, que de compasión o de burla. 

De camino al corral, el viejo se detuvo frente al rancho cercano en que guardaba todo tipo de cosas, incluidos los instrumentos con que trabajaba en su finca y un puñal con misión especial una o dos veces al año. 

Respiró con fuerza, retomó los pasos, cogió el cuchillo y se sentó en el taburete siempre recostado a un horcón. Quería pensar unos segundos, recordar. Cuando el puerco enfermó fueron días de sufrimiento, ningún medicamento resolvía, “el médico de esos bichos tampoco”, como había lamentado el octagenario, y no había Dios que dejara su cabeza en paz.

Había que sacrificar y a eso iba. El animal vio aproximarse al dueño con el puñal reluciente en mano y miró a Eleutelio con una súplica que jamás vio en un humano. Así lo contaba él, y así tuvo que perdonar una vida.

¡Ayúdame, carajo!, se acordó que le gritó una vez al compadre Orlando en la portería de su casa. Pedía que el amigo fuera con un tractor y un guinche para halar a un Pancho atascado en el fango, hundido en el lodazal como aquella vaca en Macondo. (Sugerencia de lectura: Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo)

Fue un rescate de película, se comentaba luego. En verdad, si se hubiese filmado, habría sido visto como no lograban ver los vecinos ni los programas campesinos de la televisión.

Por pensar había bastante, aunque para qué seguir, si en vez de segundos habían pasado cinco minutos y ni siquiera los recuerdos eran personales, propiedad privada. La gente siempre se enteraba de lo que pasaba con ese cochino y los otros cuatro del corral del anciano, hasta rumorarse que el cariño de él con Pancho era tan fuerte que competía con el que los abuelos suelen tenerle a los nietos.     

Eleutelio se levantó del taburete y mientras caminó los metros que lo separaban del corral sintió una agitación y una falta de aire que le molestaron como estacazo en el cuerpo. Imperaba decirse lo que sabía se diría en el último momento: “Te voy a dejar, compay, no sea que la hora me llegue a mí”.