Crónica desde dentro

07/12/2017 12:46 Richard López Castellanos richard@cmdx.icrt.cu 122
Votos: (4)
Cura en el Hospital General Docente de Guantánamo Foto: Richard López Castellanos
Cura en el Hospital General Docente de Guantánamo Foto: Richard López Castellanos

Yo nunca hubiera sido médico. Lo confirmé en una sala de angiología del hospital que acabo de abandonar después de casi un mes cerca de mi padre.

Él ingresó en Guantánamo a 16 días de padecer una linfagitis con flebitis en una pierna. Ya la coloración cutánea y dos úlceras encima de los tobillos asustaban a cualquiera, y la familia rogaba porque la preocupación no pasara de esperar un cambio a favor.

Para ambos debió ser un shock convivir junto a pacientes con brazos, piernas y pies mutilados, fuese en recuperación o a la expectativa de un diagnóstico que casi siempre se tradujo en ir al salón de cirugía y regresar a la cama de convaleciente con una parte menos del cuerpo.

La estancia de mi papá requirió en dos semanas de un rosario de inyecciones que incluía tres diarias alrededor del ombligo, otras tantas en el brazo, tabletas y unas curas que soportaba con los ojos cerrados, el rostro fruncido, quejidos encubiertos, mordiendo una pequeña toalla para no delatar al dolor.

Lo impactante en él fue saberse diabético, conocer la insulina. Lo nuevo en mí fue sufrir en paralelo las curaciones y sentir que la regeneración paulatina del tejido en las úlceras disminuía mi temor y me oxigenaba la vida.

En otra quincena se redujo el tormento. En contraste, vi enfrente el declive de un cadáver viviente, un paciente con salud agravada en fechas sucesivas por problemas circulatorios y que anunciaba en los ojos su propia muerte.

Lo demás con mi padre era rutina: asistencia constante, compañía alternada, noches de mal sueño, viajes constantes para llevarle desayuno y comida de casa. A distancia hubo oraciones, respaldo monetario y de medicamentos, fe, mucha fe, y otra vez fe.

Bastaba para esperanzarme, pensar que el enfermo volvería a caminar por sí mismo y comprobar que la Medicina en mí solo podría asociarse con la curiosidad, el respeto o el desencanto por los que reparan la existencia en horas de reclamo.

Hoy mi padre recobra fuerzas, progresa. Lo observo, relaciono profesiones, y si de médico creo tener lo humano que debiera poseer todo galeno, de periodista sigo haciendo por entender mejor las cosas, incluso desde el laberinto emocional de una crónica.