Siempre Fidel

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El infierno de Matthew

10/10/2016 06:46 Richard López Castellanos richard@cmdx.icrt.cu 679
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Destrozo provocado por el huracán Matthew en el malecón de Baracoa  Foto: Miguel Ángel Sánchez Pineda
Destrozo provocado por el huracán Matthew en el malecón de Baracoa Foto: Miguel Ángel Sánchez Pineda

Será imposible olvidar la noche funesta del 4 de octubre de 2016 en Baracoa. En lo personal fue la primera vez que despedí un día y le sumé una madrugada sin que me venciera el sueño. Fue la noche de Matthew.

A los periodistas de la emisora de Baracoa se nos había orientado que ante la proximidad del ciclón debíamos dejar hogar y familia lo más resguardados posible para atrincherarnos en el puesto de trabajo e informar a la gente sobre todo lo asociado al fenómeno meteorológico.

Era como estar a la espera del pitazo de un juego crucial ante un rival difícil. Una colega cargó con dos colchones de espuma, sus tres hijas y provisiones que iban desde polvo de café hasta el agua de tomar necesarios para la que podría ser la situación de contingencia laboral más larga de las muchas vividas dentro de La Voz del Toa.

Y fue la más larga. Las emociones para el personal en función de la noticia comenzaron cerca de las 5:00 p.m., cuando llovía y el aire batiente balanceó por varios minutos una alta pared de hormigón hasta derribarla y tirar la parte superior encima del techo de la Filial de Ciencias Médicas del municipio.

Aquel derrumbe, filmado entre asombro y señales de euforia profesional, fue el primer impacto en las redes sociales para los internautas del mundo dispuestos al consumo informativo que habíamos “diseñado” antes con informaciones sobre la preparación aquí para enfrentar las inclemencias de la naturaleza. 

Previa o posteriormente, fluía la comunicación desde las pocas computadoras existentes en la emisora, con una lentitud para subir imágenes y transmitir textos que hacía del proceso de actualización un acto poco menos que insufrible.

No tardó mucho para que desde disímiles partes del territorio, el país y el exterior entraran llamadas telefónicas y mensajes preguntando cómo estaba la situación, si había daños, si los conocíamos, junto a muestras de gratitud porque hubiera una fuente confiable que permitiera mantenerse informado.

En las oficinas de la planta radial ya sabíamos la noche tenebrosa, pues el viento se paseaba con un ruido que hacía presagiar lo que hasta entonces ni siquiera habíamos sido capaces de imaginar como posibles destrozos de un huracán categoría 4 en un lugar a todas luces vulnerable para soportar las embestidas del fenómeno.

¡Ay, mi madre, oye como caen las cosas!, dijo a mi lado una compañera de trabajo, al escucharse el sonido de tejas de cubiertas lanzadas al vacío, tubos de lámparas y luminarias de postes arrancados y estrellados contra lo que fuese.

¡Y ahora qué habrá caído!, dijo la muchacha después, cuando había arreciado la furia del viento y el eco de los objetos desprendidos semejaba una sinfonía en la que cada instrumento entraba a su antojo.

Luego vino aquella espera interminable que significó el estacionamiento de Matthew tras el paso del ojo del ciclón, y el temor de haber oído que en esas condiciones lo peor estaba por llegar.

Nadie supo cuándo las condiciones climáticas rompieron el suspense para arremeter sin medida contra la Primera Villa de Cuba y empezaran a dejar en ruinas sus construcciones, arrastrar el mar hacia las casas (Ver video), desmantelar sembrados y árboles, defoliar la vegetación y crear un estado de desilusión colectiva que quizás solo hubiera igualado, en otro impensado contexto, el peor de los decretos.

Sobrevino la medianoche, avanzaba la madrugada y el sueño obligaba a detener el trabajo; la gente se dispuso a cerrar los ojos sobre una mesa, un sillón o sencillamente en el piso con algo colocado bajo del cuerpo a manera de sábana o colchón.

Parecía la imagen del campamento de una tropa agotada y consciente de que en cualquier minuto podía recomenzar la agotadora y sagrada misión del periodista.   

Mientras, continuaban las preguntas y los comentarios a partir de lo publicado en Twitter y Facebook hasta hacerse casi imposible la tarea de ofrecer nuevos datos y a la vez atender a esas personas que reclamaban atención, mostraban solidaridad, oraban, hacían plegarias para espantar lo malo o solicitaban amistad con el fin de ampliar la posibilidad de conocer mejor lo que sucedía en Baracoa.   

Al amanecer supimos de las dimensiones iniciales del acabóse, publicamos fotos de parte de la ciudad y el fondo habitacional hechos derrumbes (Ver fotos), seguimos en las redes sociales con noticias en ráfaga, sentimos el placer de comprobar lo que puede ser para los demás un servicio público.

La satisfacción fue mayor jornadas más tarde al adelantamos en publicar las imágenes de la presencia del presidente cubano en el malecón para ver daños e intercambiar con la gente; o al ir a los asientos poblacionales más importantes ubicados en el trayecto de la carretera a Maisí cuando se pudo contar con una moto, el único medio de transporte disponible en la emisora. 

Para escribir el epílogo de la experiencia profesional de los periodistas de la radio baracoesa asociados al paso de Mathew habría que decir que nunca antes se organizó mejor el trabajo, porque nunca antes se esperó una tormenta que se anticipaba muy peligrosa, y resultó ser fatídica.  

Habíamos vivido circunstancias únicas en cuestiones medioambientales, y si la cobertura mediática ligada al huracán Ike en 2008 nos hizo crecer como no lo hicimos hasta entonces, con lo vinculado a Matthew creímos haber pasado un postgrado en periodismo de contingencia.

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