Un libro en la cabeza
Una persona me pide desde lejos que escriba un libro. Un libro sobre el desastre, el dolor, la esperanza y quizás hasta la derrota.
"Escribe, Richard, aunque sea en una hoja", insistió cuando le dije que disponía de muy poco tiempo luego del trabajo dedicado al periodismo, y que atentaba en mi contra no tener computadora en casa.
La sugerencia llegó tras el azote del huracán Matthew a Baracoa el 4 de octubre pasado, la sensibilidad que despertó el desastre en los seguidores de Facebook y las lecturas de algunos trabajos publicados en el sitio digital de la emisora La Voz el Toa.
Reviví la ilusión albergada durante años de reunir textos ya publicados o nuevos para engrosar un volumen que pudiera editarse aunque fuera solo para mis amigos. Sería un libro de cuentos, o de crónicas, reportajes y entrevistas nacidos de mi profesión.
Así me acosté ese día en un catre de los años 80 que conservan mis padres, sin imaginar que mi sueño pudiera interrumpirse por la lluvia. Un tímido chorro de agua me cayó en el centro del cuerpo y recordé que dormía bajo unas tejas fragmentadas superpuestas de manera laberíntica y desnivelada a manera de techo.
¡Coño, que loca lluvia, que inoportuna, ¿no sabe lo que está pasando?!, me dije como si la naturaleza debiera considerar mi fastidio y el de todos los golpeados por el ciclón que poco antes había devastado a la Primera Villa de Cuba.
Lejos estaba de esperar que aquello se pareciera al diluvio. Cuando la lluvia arreció la maltrecha cubierta fue un coladero por el que se colaba el agua por todas partes, advirtiendo que allí no habría lugar para quien aspirara a lo normalmente posible.
Entonces me paré como una vela debajo del único pedacito de teja mal puesto donde no me mojaba, aunque las salpicas hasta las piernas eran un rociado constante para que viera cómo el agua podía invertir el curso natural de su caída.
No vi la hora a la que comenzó la lluvia; no veía a la que cesara. A oscuras por falta de fluido eléctrico y condenado a una espera insufrible, me sacaron del letargo unos ojos suplicantes que vi encima de la silla que uso cuando me siento a la mesa a escribir.
Mi gata, llegada quién sabe de dónde a la velocidad de un rayo, con su barriga esférica y a punto de parir, me decía: ¡apareciste!, ¿dónde te metes?, estoy desprotegida, tus responsabilidades son también conmigo.
No sé si me apiadé más de ella que de mí; la gata podía desplazarse, yo no podía moverme. "Esto debe ser como no tener donde caerse muerto", se me ocurrió pensar, pues en ese segundo la única propiedad segura que tenía en la casa era aquel medio metro donde permanecía de pie y se me humedecía la vida.
Medio muerto sentí estar cuando escampó y hacía rato el sueño me obligaba a pegar y despegar los ojos. Sin noción del tiempo abrí de nuevo el catre, me dispuse a dormir rogando por unas horas de paz y pensé en si yo al otro día debía acordarme de alguien que a distancia me pedía escribir un libro.
Recordé que sería una obra que en vez de cuentos, o de recopilados reportajes, crónicas y entrevistas periodísticas, trataría, a raíz del siniestro Matthew, sobre el desastre, el dolor, la esperanza y quizás hasta la derrota, según crea yo, o crean otros.
El estrés postraumático de aquella precipitación despiadada que refiero aquí fue el inicio del empeño de que Baracoa no registre hasta hoy una fecha sin lluvia, como para evitar que luego del ciclón nos vaya a devorar también la sequía.
Desde aquel momento parte de las noches o las madrugadas son agua en Baracoa. Y desde entonces tengo un libro mojado en la cabeza. Quizás al secarse, pueda leerse.
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