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Matthew 4:10

21/10/2016 11:40 Gladys Carmen Quintana Centeno gladys@cmdx.icrt.cu 342
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Efectos de Matthew en la zona baracoense del Paraiso Foto: Eliannis Legrá
Efectos de Matthew en la zona baracoense del Paraiso Foto: Eliannis Legrá

Octubre nunca fue un mes significativo para mí. No había fechas importantes a recordar ni cumpleaños de amigos, solo la confirmación de que tenia a favor otro mes del año para celebrar la vida.

Sin embargo, el almanaque y la naturaleza se ensañaron en mi terquedad de no querer dedicarle importancia a un día de octubre. Fue así que Matthew, el devastador huracán que arrasó con una parte considerable de los techos y viviendas baracoenses, marcó también mi existencia.

El 4 de octubre, a pesar del inminente paso del huracán por Baracoa, todavía mi mente estaba centrada en mi trabajo, mi casa y mi familia. El conocimiento de la amenaza solo me indicó que debía proteger mis pertenencias y la vida de mi hijo y mi madre mientras yo estaba comprometida con el trabajo.

Al mediodía del día 4 solo contaba las horas para que Matthew siguiera de largo y saliera de nuestras vidas. Casi sin darme cuenta las horas siguientes se atropellaron entre sustos de paredes que caían, techos despedazados,  comentarios y respuestas rápidas en las redes sociales con la intención de mantener a los coterráneos informados de cuanto  acontecía en Baracoa, y ojos que se cerraban frente a la PC  mientras las conciencias se mantenían alertas a la obligación. Eso fue Matthew para mí como trabajadora de la emisora La Voz del Toa; y en medio de todo, la preocupación por la familia que había dejado asegurada en lugar confiable.

Luego vino la incertidumbre de lo que encontraría al regresar a casa. Ya había cumplido con el deber de informar y consolar, y aunque conocía la magnitud del evento no estaba lista para enfrentar el derrumbe de mi propio hogar.

Regresar a las ruinas de lo que hasta hace pocas horas había sido mi santuario fue el más fuerte de los golpes que haya recibido, pero lo más desesperante fue compartir el dolor con mi madre y mi hijo de 3 años. ¿Cómo hacerle entender a Nathan, con tan corta edad, que no volvería a su casita, a sentarse en la misma silla, dormir en la misma cama y vivir sus pequeños placeres? ¿Cómo decirle a un niño que ahora su nuevo hogar sería el aula de una escuela convertida en centro de evacuación para las tantas familias que perdieron sus viviendas? ¿De qué manera convencerme de que será posible levantar nuevas paredes que encierren el amor de las que me vieron crecer?

Sin embargo, incluso en los momentos de amargura aflora la dulzura de lo humano. Entre la desesperación de la pérdida de los hogares han surgido nuevos amigos, hermosos lazos de cariño y apoyo, mensajes de aliento y fuerzas para seguir adelante. La Revolución y sus proyectos también se ensañan en demostrarme que no estaremos solos en este proceso y que Baracoa, mi ciudad, no está olvidada a pesar de las distancias.

Hoy no solo tengo la certeza de que vivo en una ciudad que se levantará como el Ave Fénix para recobrar su belleza, sé que yo y cada uno de los baracoenses  que sufrimos los embates de Matthew recibiremos la ayuda necesaria para reconstruir nuestros hogares. Ahora sé que Octubre nunca más será irrelevante para mí.

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