Baracoa es otra Cuba, dice fotógrafo Larramendi Joa
El fotógrafo Julio Ángel Larramendi Joa está feliz. Sus imágenes son de referencia hace bastante en Cuba, decide cómo prestigiar la galería que lleva su nombre en el Hostal Conde de Villanueva, de La Habana y no falta quien desee contar con su servicio.
Siempre solícito, Larramendi hizo las fotos de dos nuevos libros sobre Baracoa, un lugar donde se refugia cada vez que puede y halla razones para volver. Abordar el tema se hizo propósito.
¿Cómo fue el trabajo para los libros sobre el cacao y el Parque Nacional Alejandro de Humboldt?
Para hacer las fotos del libro del cacao estuvimos casi donde quiera que hay una matica del fruto en Baracoa, desde el parque Humbolt, donde se cultiva mayormente para autoconsumo, hasta las grandes plantaciones que se ven desde las carreteras que conducen hacia Mosquitero, Maisí y Guantánamo, donde se siembra cacao con objetivos comerciales.
El Parque Alejandro de Humboldt es una tentación para un fotógrafo. Para mí el sector Baracoa es uno de más importantes de los cuatro de esta Reserva de la Biosfera, porque la naturaleza es prístina y se conservan el área donde más llueve en Cuba, los ríos más caudalosos y la mayor biodiversidad del país. Como escenario, el sitio que concentra el núcleo de las Cuchillas del Toa es irrepetible.
¿Hay puntos de coincidencia en estas obras?
La mayor coincidencia es que tratan de reflejar a las personas en el entorno que habitan, quiénes son y a qué se dedican.
Para el volumen sobre el cacao usted también escribió.
La obra tiene tres autores. Alejandro Hartrman, el historiador de Baracoa, escribió la parte más importante, relativa al cacao como don inmaterial de Baracoa y su gente; Niurka Núñez, antropóloga, abordó la historia de la llegada del cacao a Cuba y yo describí el origen del fruto en Centroamérica.
¿Qué le propició el lente de su cámara?
El contacto con el campesino baracoeso y la intención de captar sus rutinas vinculadas al cacao me hacen pensar que es una personalidad distintiva entre el campesinado cubano. Su vivienda está adaptada a la especificidad del cultivo, con una estructura diferente, espacios donde guardar los objetos de labranza y donde secar el cacao en gaveta. También por el sumo cuidado que se le pone a las plantaciones la mentalidad es diferente.
Hay acciones asociadas al cacao incluso religiosas, altares en que se ofrece a los santos lo mismo semillas que mazorcas del fruto, y se le dedican plegarias, cantares u oraciones. No es algo nuevo, estaba ahí, pero lo he redescubrierto.
En general, el campesino de Cuba ha conservado algo único en el mundo. Yo he recorrido medio universo y digo que el hombre de campo nuestro es muy especial, porque la humildad lo hace ofrecer su plato de comida y su cama de forma generosa, abierta, desinteresada.
Con lo que narra va a tener que rendir culto al cacao.
Yo soy consumidor de chocolate y me gusta tomarlo amargo. Según Urbano Rodríguez, el llamado rey del cacao en Cuba, la bebida tiene propiedades afrodisiacas. Así que de una vez invito a tomar una tasita de chocolate todas las noches.
Hablemos del lugar donde está. Hace dos años, en conversación sobre el libro Baracoa de Cuba: la Ciudad Primada, usted dijo que en esta tierra siempre hay una foto por hacer. ¿Imagina cuál sería la última?
Imposible. Decir que en Baracoa hay una foto por hacer es decir que hay otras mil. Baracoa está aún por descubrir.
¿Qué ha visto usted?
En general, un sitio de naturaleza única, que hay que proteger. Baracoa debe prepararse para la lluvia continua de turistas que la visita. Entre otra cosas, hay que estudiar los senderos, determinar qué peso pueden soportar, qué condiciones tiene el entorno, dónde botar la basura y hacia dónde trasladarla.
Además, no puede haber, como sucede, un turismo individual, que una persona decida dónde quiere ir y vaya por sus medios. En Islas Galápagos, por ejemplo, solo se hace turismo con un guía.
Me llama la atención también que usted no encuentra aquí más que una o dos postales de la región. Eso me parece infame. El turista quiere comprar algo en el lugar que se encuentra para tenerlo como recuerdo. Hay que diversificar la artesanía, tratar de hacer publicaciones baratas que se vendan al visitante. Un turista que se vaya de Baracoa satisfecho es un embajador para otros 12 o 15 que en potencia vendrán aquí a comprobar lo que vieron o escucharon.
¿Por qué ese apego a esta región?
Yo vengo a Baracoa hace 30 años. Una de las causas es la amistad con Hartmann, y la otra es creer que este lugar es maravilloso, el mejor conservado en Cuba y el del paisaje más cercano a lo que éramos hace 500 años. Además, su gente conserva las tradiciones, la idiosincrasia del cubano original, primigenio.
¿Qué es Baracoa en usted?
Mi refugio. Yo soy santiaguero, vivo y laboro en La Habana y trato de venir aquí al menos tres veces al año. Busco una justificación de trabajo, pero en realidad vengo aquí a despejar la mente, porque trabajar en Baracoa no es eso; es disfrutar, sentirme en el paraíso.
Para Larramendi, ¿qué distingue a este lugar en Cuba?
Esta tierra tiene mucho en común con el resto del país, pero las condiciones naturales en particular, la misma ciudad y su gente la hacen diferente. Baracoa es otra Cuba.
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